Desde que era pequeña, sabía que mi vocación era ayudar a las personas. Desconocía cómo podía hacerlo y, sin querer, les miraba con cara de pena. Con el tiempo, y gracias a mi experiencia, me di cuenta de que estaba equivocada.

Cuando eres pequeña y no tienes la información necesaria, puedes tener prejuicios hacia esas personas que crees que necesitan ayuda. En algunas ocasiones, puedes mirarles con tristeza porque piensas que no pueden ser felices o que no van a tener nunca la vida que tú deseas para ti o para tus hijos. Estos prejuicios se van difuminando cuando conoces a las personas, sientes sus alegrías, sus tristezas, conoces sus necesidades, y, sobre todo, valoras sus capacidades.

A los 16 años, tuve la oportunidad de hacer voluntariado con personas con discapacidad. Mi primer contacto fue un golpe de realidad. Participé en un grupo de personas, las cuales pensaba que no podían conseguir aquellas metas que se propusieran y… ¡zasca!, en toda la boca.

Fue una experiencia tan fantástica que cambió por completo mi forma de pensar, de mirar, de sentir… me abrió la mente, y me di cuenta de que cada uno es feliz a su manera.

Esta situación me hizo preguntarme, “¿por qué tenemos estos prejuicios?”.

A partir de ese momento, comprendí que hay tantas personas como formas de ser feliz, de vivir y de sentirse útil.

Gracias a esta experiencia, entendí que todas las personas necesitamos apoyo y ayuda de otras en diferentes momentos de nuestra vida. Cada persona, con o sin discapacidad, se pone sus propias metas y conoce sus necesidades, el resto de personas solo tenemos que ofrecer nuestra mano cuando otras nos la pidan.

Miriam Sola – Integradora Social en prácticas